Cómo instalar un nuevo hábito

El comienzo de año es un tiempo de balances y de fijación de metas, pero muchas veces descubrimos que la intención y la acción no siempre están en buena relación… 

Nuestras conductas tienden a estabilizarse y automatizarse con el tiempo y la repetición. Aparecen las rutinas, los rituales y los hábitos que afectan nuestra manera de actuar, pensar, sentir y hablar.

El cerebro trata de maximizar el ahorro de energía, esfuerzo y tiempo. Incluso, si es posible, crea rutinas inconscientes como cuando uno conduce un automóvil.

El ejemplo de la conducción es interesante ya que muestra fielmente como el hábito evoluciona, es una rutina pero no es para nada estática. Desde que uno comienza manejando con gran cuidado, atención consciente y bastante estrés, hasta lograr hacerlo casi  de una manera automática, escuchando la radio, conversando con alguien al lado y -los más “inconscientes”- hasta resolviendo algún tema complejo del trabajo por el teléfono manos libres. Cuando el hábito se combina con la observación, la reflexión y el aprendizaje, puede brindar mejora continua, desarrollo y maestría.

Nuestros hábitos no siempre nacen “espontáneamente” o a partir de nuestra propia decisión, convicción y fuerza de voluntad. A veces se originan en la llamada “hetero-disciplina”, esto ocurre con mucha frecuencia cuando son otras personas o contextos los que nos obligan a hacer algo que, luego y con el paso del tiempo, se vuelve “propio” y hasta una parte de nuestra orgullosa “auto-disciplina”.

Sobran los ejemplos: desde los modales en la mesa, lavarse los dientes, hacer la cama al levantarse, correr, hacer un deporte para estar en forma, estudiar, prestar atención a qué y cuanto comemos, afeitarse, estirar los músculos después del gimnasio, bañarse, peinarse, etc.

Si hacemos un pequeño esfuerzo, recordaremos a nuestros padres haciendo ese trabajo de “pájaro carpintero” hasta que la conducta deseada (por ellos…) se afianzaba en nosotros y se incorporaba como parte de nuestras vidas en forma de hábito. Evidentemente la generación de nuestros padres fue más efectiva que la nuestra (aunque menos democrática) a la hora de instalar hábitos saludables en los hijos…             

Las rutinas, rituales y hábitos son de gran ayuda para evitar llevar a un nivel de elaboración consciente todos y cada uno de nuestros comportamientos. Un sinnúmero de decisiones, preferencias y alternativas que se repiten con cierta frecuencia pueden automatizarse y evitar la innecesaria sobrecarga del cerebro con cuestiones que ya han sido resueltas. Como siempre, esta ventaja adaptativa presenta alguna arista no tan positiva: la inercia y la resistencia a cambiar. Como decía Warren Buffet, «Las cadenas de los hábitos son demasiado ligeras para sentirse hasta que son demasiado pesadas para romperse».

Somos animales de costumbre y tenemos cierta reticencia a cambiar nuestras rutinas y hábitos, sobre todo cuando se encuentran fuertemente afianzados. En este siglo XXI definido por la velocidad exponencial del cambio en todos los frentes, la falta de flexibilidad para adoptar nuevos comportamientos puede convertirse en una desventaja significativa.

Pero nuestros hábitos nos definen, “somos” lo que hacemos con gran regularidad. Nuestros hábitos se convierten en una parte importante de nuestra “identidad”.

Se le atribuye a Mahatma Gandhi la frase:

“Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras.

Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos.

Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos.

Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino.”

Es de capital importancia la regularidad, la consistencia y la coherencia entre lo que pensamos, decimos, hacemos y sentimos. Tener un comportamiento predecible nos vuelve más confiables ante los ojos de los demás, y la confiabilidad facilita los acuerdos, los consensos y todas las construcciones colectivas. 

Con cierta frecuencia adoptamos rutinas nuevas descartando o reemplazando a las anteriores. Cuando un hábito no nos resulta efectivo para un determinado fin, surge una necesidad de cambio o de actualización.   

Aparece entonces el llamado “afecto” o “signo” del hábito: “Bueno” o “Malo”, “positivo” o “negativo”, “saludable” o “insalubre”, según sirva o no a nuestros fines, expectativas y deseos personales.

Lo mejor es tratar de evitar el uso de rótulos cargados con juicios de valor. Es frecuente, y muy sano, darse cuenta de que ciertos hábitos nos limitan y nos restringen mientras que otros abren o expanden las alternativas, entonces la decisión a tomar es más simple. Con tanto acierto como pragmatismo, John Maxwell dijo: «Si sus hábitos no se alinean con su sueño, entonces necesita cambiar sus hábitos o cambiar su sueño».

La gente es capaz de entender intelectualmente, de conectar emocionalmente y de mostrar gran entusiasmo y motivación con los contenidos novedosos. Sin embargo, lo aprendido muestra un “pico emocional” que luego se extingue progresivamente en el olvido. Desafortunadamente, el aprendizaje no siempre se hace carne, las buenas intenciones no siempre se convierten en acciones y las nuevas conductas no siempre se transforman en hábitos duraderos.  

Contrariamente a lo que la gente supone, el problema no es comprender, involucrarse, esforzarse o resonar emocionalmente con los nuevos conceptos, ideas o propuestas. Lo que más impide el éxito a la hora de consolidar lo aprendido es la dificultad para (1) instalar y (2) sostener el cambio de una conducta a lo largo del tiempo.

Es necesario lograr tres efectos decisivos:

  • Desplazar o desaprender los viejos hábitos fuertemente anclados.
  • Reemplazarlos por nuevas conductas, nuevas emociones y nuevas acciones.
  • Asegurarse de crear un contexto de refuerzo y de seguimiento apropiado para aplicar y sostener esas nuevas conductas, emociones y acciones hasta que se vuelvan un hábito.  

El desempeño humano es implacablemente pragmático: toda mejora debe ser observable, medible y duradera. Si intentamos maximizar los resultados y llevarlos a un nivel superior, forzosamente necesitamos que esos resultados se puedan mantener, sin decaer ni desaparecer.

El foco de la discusión cambia ligeramente: ya no se trata solo de cambiar de hábitos sino de hacerlo para un propósito pre-definido, con un resultado o expectativa en mente.

Maestros de escuela, profesores universitarios, coachs olímpicos, directores de orquesta, almirante de un portaviones, directores técnicos de futbol o CEO de una multinacional, todos necesitan gestionar el cambio sostenido de la conducta humana (junto con la infraestructura, la tecnología, los procesos de trabajo, etc.) para poder asegurar cada vez mejores resultados.       

¿Qué es entonces básico y esencial para instalar un nuevo hábito?  

  1. Un Recordatorio: Algo que me recuerde los días, horas y contextos en los cuales debo iniciar una determinada rutina.
  2. Repetición: Efectivamente, la repetición es la madre del conocimiento. Práctica y más práctica. Entrenamiento y Ensayo.
  3. Emoción: Conectar emocionalmente con lo que se trata de cambiar. Apasionarse facilita mantener viva la fuerza de voluntad, evita el olvido y combate el aburrimiento.
  4. Propósito: tener la absoluta claridad de por qué y para qué es necesario el cambio. Cómo este cambio me conduce adonde quiero / queremos llegar. Un propósito inspirador genera sentimientos positivos y compromiso para la acción.
  5. Disciplina y foco: para no buscar excusas, para tener un orden y una secuencia de práctica, para perseverar e insistir, para no distraerse, para estar 100% presente y conectado.
  6. Resiliencia: para no darse por vencido, para no rendirse ante los fracasos y para no regresar a la zona de confort.
  7. Una recompensa o Beneficio: sea material o psicológico, de corto y/o de largo plazo para reforzar la conducta hasta que se vuelva rutina.        

¿Qué debo adicionar a lo anterior cuando quiero –además- mejorar, desarrollarme o maximizar un resultado?

  1. Ambición y expectativa: necesarias para no detenerse cuando se alcance un nivel discreto de éxito y para continuar avanzando en el camino del desarrollo.
  2. Un plan de trabajo: para poder alcanzar los objetivos.
  3. Identificar y corregir errores: diagnosticar correctamente lo que falla y lo que falta. Conectar a través de una serie de pasos cortos y sencillos el desempeño actual con el desempeño esperado.
  4. Mejora continua: repetir es solo el comienzo de un hábito, para mejorar es vital tanto la cantidad como la calidad. Optimizar y ajustar hasta lograr una perfecta ejecución.
  5. Feedback y Coaching: recibir retroalimentación experta de un referente o coachserá fundamental para alcanzar niveles superiores de logro. Un buen coach puede señalar los “puntos ciegos” de su coachee y llevarlo a su máximo potencial.
  6. Técnica de avanzada: la mejor manera de hacer las cosas. Eficiente, efectiva, veloz y evolucionada. Inspirada en las mejores prácticas dentro de su campo.

¿Cuáles son las barreras más comunes que atentan contra la instalación de un hábito?

  1. Las excusas.
  2. Culpar a otros de mi falta de constancia o de voluntad.
  3. Quejarme mientras me preparo o mientras lo realizo. Auto-programarme para el fracaso o la derrota.
  4. Asociar la nueva rutina a pensamientos o emociones negativas.
  5. Romper la rutina, interrumpirla por cualquier razón (sea o no sea válida).
  6. El auto-engaño. Relatos o balances exagerados acerca del logro alcanzado.

Es muy importante que no solamente asociemos los hábitos a las rutinas de acciones físicas o corporales (como hacer un deporte, hacer dieta, hacer ayuno, salir a correr, ir al chequeo médico, leer, estudiar, hacer la cama, limpiar, ordenar, etc.)

Los hábitos también incluyen nuestros pensamientos y sentimientos. Si somos capaces de observar y detectar aquellas secuencias habituales de pensamientos y sentimientos que NO nos resultan de utilidad o de ayuda, esto ya es un gran paso adelante en el proceso de poder cambiarnos a nosotros mismos, crecer y alcanzar metas.

Nota del Lic. Leandro Javier Pérez Surraco